Ea!!!! Con unas poquitas funciones y felices como perdices (me refiero a ellos, a los elementales, a los chachis-que te pasas, no, eeeeeeeeeehhhhhh)
Un cajón de sastre donde poner todo lo que me llame la atención, ya sea escrito, en imágenes o en vídeo, esperando que lo disfruteis tanto como yo.
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lunes, 11 de abril de 2011
Mando a distancia descontrolado
Ea!!!! Con unas poquitas funciones y felices como perdices (me refiero a ellos, a los elementales, a los chachis-que te pasas, no, eeeeeeeeeehhhhhh)
sábado, 13 de junio de 2009
Estoy ríspida
Sí, estoy ríspida, crispada, hosca, malhumorada, ruda, excesivamente rigurosa, muy crítica, cáustica, levantisca como me diría mi madre y dispuesta a la gresca cuartelera en cualquier momento.
Estoy inmersa en ese ambiente generalizado, y no me refiero sólo a la política de nuestro país, sino al de todos nosotros, desde el primer español hasta el último, incluyendo a los extranjeros que viven aquí o que por todo tipo de razones también comparten espacio, de ruindad, de mezquindad, y una zafiedad que nos empequeñecen y envilecen de manera horrorosa.
Hoy he pasado un día de esos de olvidar. Esos días en los que todo lo que encuentras es incompetencia, gente que pasa hasta de pasar, personas que disfrutan yendo a la contra de todo, y lo que más me preocupa, una inmensa inapetencia en todos los aspectos.
¿Qué puede hacer una persona cuando quiere ir hacia adelante y sólo hay muros? Y lo que es peor, los muros son groseros y se enorgullecen de ello, los muros son irrespetuosos y lo llevan a gala, los muros te encierran en aras de la libertad y el resto de los muros le hacen la ola mientras entonan canciones libertarias y te acusan de retrógada.
Echo de menos los valores. Ya sé que no se lleva nada decir esto, pero sinceramente me importa un bledo lo que piense la gente de ello, en justa compensación a su nulo respeto por mis valores y mi comportamiento.
Quiero seguir siendo honrada y honesta conmigo misma, y, por extensión, con todo el mundo, aunque los demás se nieguen a que lo sea con ellos porque ello les ponga en la disyuntiva de qué hacer conmigo, si tratarme de igual manera que al resto o como yo lo hago con ellos.
Me da miedo lo que sucede. No sé como afrontar este "modus vivendi" y este "modus operandi". Yo no soy así y no sé jugar en ese terreno, por lo que me siento completamente descolocada en este momento, en este país, en esta forma de vivir. Todo ello me lleva de cabeza a estar ríspida, y a resultas, estarlo con los que me rodean. Morderme la lengua y envenenarme porque no quiero decir todo aquello que me gustaría. Sé que no me entenderían, no comprenderían lo que diría porque ninguna de mis palabras tendría sentido hoy en día. Sonaría todo a rancio, olería a naftalina, y me temo que aunque no tenga polillas, la gente las vería volar alrededor de mis palabras.
Mi madre me educó en base a unos valores sólidos. Y a partir de esos valores, una vez acomodados en mi propia personalidad, me animó a tener mis propias ideas, basadas en mis propias vivencias adquiridas de múltiples maneras. Se tomó todo el tiempo del mundo para contarme la historia familiar quitándole todo el hierro y dejándome claro que debía asumir el pasado, aprender de los errores, sacar conclusiones y no anclarme en los odios, las venganzas y los rencores infinitos. Me repitió hasta la saciedad que el espacio que ocuparían, limitarían el que me quedara para otros sentimientos mucho más fructíferos para mí.
Consiguió que anidara en mí el amor por el aprendizaje constante, y gracias a ello no soy una perfecta ignorante, porque no tuve la suerte de nacer en una España en la que se nos dieran oportunidades de acceso ilimitado a todo tipo de información, pero tuve una familia que puso todo tipo de medios para que llegara a ellos, y lo que es aún mejor, que quisiera llegar a ellos por decisión propia, sin mediatizarme, sin empujarme, sin escorarme y sin sesgarme el camino.
Tuve que poner mucho empeño porque no me fue fácil leer en francés, inglés o italiano, ya que los libros que ponían a mi alcance la información, no estaban en mi lengua. Aún recuerdo a mi abuelo pegado a mí con la Enciclopedia Británica diciéndome que leyera detenidamente, que habría cosas que en aquel momento no comprendería pero que se quedarían guardadas en compartimentos estancos y, en su momento, saldrían poco a poco e irían colocándose perfectamente hasta llegar a completar el puzzle.
He seguido leyendo, estudiando, aprendiendo, escuchando, y cada día comprendo menos porque veo como la historia se retuerce hasta amoldarla a intereses torticeros. Me sorprendo cada día viendo como se premia la falta de honradez, la deshonestidad, el elogio barato, el enriquecimiento a base de arrasar huchas humildes, la grosería con carcajadas, confundiendo la inteligencia con la burla más rastrera, y lo que es peor, con la anuencia de un pueblo que lleva siglos de cultura en su sangre y genes. Sangre y genes que parece que ahora aborrecieran.
Se niegan a aferrarse a la cultura de verdad, huyen de la educación mamada en la mesa camilla, hacen gárgaras para poder sostener conversaciones a gritos, porque odian las charlas pausadas y templadas, crean auténticos monstruos con nombre, apellidos y "sobrenombre", chulesco a ser posible, bajo chalecos de seda y trajes de Saville Road. Comparten peluquero, injertador de cabello, teñidor de cabello, pero ninguno de ellos cuida el interior de su cráneo, todo queda en lucimiento exterior, porque abren la boca llena de dientes injertados, excesivamente blancos, porque el sarro de su zafiedad destrozó su boca tiempo ha. Sus manos cuidadas, pulcramente atendidas por profesionales no tiemblan a la hora de desvalijar cajas ajenas, ora firmando recalificaciones, ora firmando apoyos para los anteriores por otras causas.
Abren la boca bien grande y se adosan pegatinas con todo tipo de frases terminadas en "No, gracias", pero se les olvida contarnos la verdad de la frase. Nos usan y abusan de nuestra confianza en ellos hasta que se aburren de nosotros y nos dejan en manos de los siguientes, sin embargo los redaños siguen ausentes, no nos los muestran para decir que se equivocaron, que ahora ya las cosas no son así, que lo que en el siglo XIX no servía, ahora, en el XXI, es distinto. Se enrocan por su propio beneficio. Nos manejan a su antojo: unos porque les dejan y otros porque somos tan pocos que poco o nada podemos hacer. Es más, si lo intentamos somos despreciados.
Y el día lo empiezo como ha empezado esta entrada, además de trabajando de lunes a lunes, y las noches, cuando llego a casa, me siento impotente. Extranjera en mi país. Descolocada en mi mundo. Agotada de combatir contra los innumerables muros, y triste viendo como se va todo lo que me "engordaba" la sangre y enorgullecía mi alma.
Me quedan dos anuncios para pedirle al mundo que se pare, que me bajo con mis libros, mis cuadros, mis recuerdos, mis valores y mi gusto por lo bonito y mi repudio por lo feo. Que se lleve todo lo rastrero por muchos litros de perfume que lleve y a mi que me dejen a mi aire, porque mi país cada día me gusta menos, mejor dicho, la gente de mi país cada día me gusta menos, esa que esconde la cabeza para no dejar el sitio a una embarazada, esa que tira los papeles al suelo, esa que rayan coches y los queman por divertimento, esa que dice "haiga" y lo reiteran aún sabiendo que lo hacen mal, esos que prefieren abortar a tomar anti-conceptivos, esos que prefieren meterse 2 rayas de coca a levantarse a las 7 de la mañana por 700 cochinos euros, esos que consideran arte un graffiti y a Goya una parada de metro, esas que miden su calidad de mujer por la cantidad de hombres que han desfilado por su "arco del triunfo", esos que aún tienen carnet con "derecho de pernada", de mirada y de grosería, esos que tienen la mano larga, y el cerebro ajibarado, los y las que miden a las personas por sus ideas políticas no por su categoría personal, esos que no tienen categoría personal ni saben donde se compra, esas que se casan con los que no tienen de lo anterior pero tienen dinero aunque sea robado, y, en definitiva, todos y todas, como diría la Aidota de la ministra, que no entran en ninguna de esas categorías pero les ríen las gracias y les aguantan sin quejarse.
Además de ríspida, estoy coñazo, plúmbea, y profundamente antigua, lo sé y me voy a la cama a ver si el sueño reparador puede hacer algo, porque lo de los milagros está muy difícil.
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