Hay días que una no se levanta ni para vegetar.
Hoy ha sido uno de esos días. No me apetecía ni ser madre, ni ser hija, ni ser amiga, ni ser nada. Quería vegetar y algo que me entretuviera pero poco más. Si hubiera sido posible, habría cogido la bicicleta, como tantas veces, y me habría bajado a Madrid y el aire en la cara habría mejorado mi ánimo, sin embargo aún no estoy preparada para volver a una de mis pasiones.
Tampoco quería ni ir a hacer un poco de gimnasia. Me sentía anquilosada y con pocas ganas ni de estirarme, mejor dicho, tenía más ganas de encogerme que correr en la cinta, así que me fui en busca de una ducha que me quitara las telarañas.
Visto lo visto, decidí bajarme a Madrid y disfrutar de la Feria del Libro. Y cuando digo disfrutar, hablo de ir a mi aire, pararme horas ante Mondadori o Seix Barral, por ejemplo, por el simple placer de ver cada cubierta de libro, leer los títulos a ver si alguno me pide con pasión que me lo lleve a casa.
Me levanté temprano y llegué a la feria. Preparada para luchar contra la gente que anda por allí, intentando cargarte con bolsas, marca-libros, propaganda, etcétera, me puse la mochila por delante, para vigilar también las posibles incursiones de manos ajenas buscando mi monedero, y me dirigí a empezar el paseo de caseta en caseta.
Allá, sobre media mañana, en un alto que hice para conseguir un café, se me acercó un hombre de edad parecida a la mía, por su aspecto, y me preguntó si podría cambiarle para sacar de aquella máquina, una botella de agua. Es alucinante lo dulce que suena cualquier cosa en boca de un argentino. Además de no haber perdido esa forma tan elegante y tan educada de decir cada cosa, el acento dulcifica cada palabra.
Cuando me di cuenta, iba hablándome de escritores, novelas, autobiografías, narrativa, editores, etcétera. Era un auténtico diccionario, aunque su forma de relatarlo era tan como de andar por casa, que ese torrente de información era como un canto para mis oídos.
Siempre he dicho que lo que más me gusta en las personas, es la capacidad de enseñarme y para eso no se necesita ser catedrático, sino simplemente tener gusto por aprender, y haberlo hecho antes que yo para embobarme.
Creo que hemos comido un sandwich, creo que hemos bebido una cerveza light, y un café italiano, cortito e intenso, mientras me seguía contando cosas tanto de un libro, de libros publicados, de la dinámica de como se publica un libro y mil cosas más.
Alejo, ha sido un descubrimiento fantástico. No hemos hablado en ningún momento, excepto para intercambiar nombres, de nuestras vidas. Toda la conversación, a lo largo de horas, ha versado sobre todo el mundo de los libros.
Ha sido una experiencia inenarrable. Me ha "encocorado" esa facilidad que tienen los argentinos para utilizar un vocabulario amplio, extenso y bien usado. Es una gozada escuchar atentamente como adjetivan, como verbalizan con soltura cada cosa que quieren explicar pero pintado de un color que casi nadie, como ellos, puede hacer.
He comprendido muchas cosas, tantas que tengo que "listar y archivar" por orden, y, por la cantidad de horas que me ha dedicado, quiero creer que él también se encontraba a gusto. He hablado poco y contaba con la atención de Alejo en cada momento, esa forma de escuchar que pocas personas son capaces de demostrar, que no significa que sea mejor o peor que la de otras personas, sino simplemente que a mi me hacía sentir cómoda y hablar con naturalidad.
Hemos reído bastante, hemos pasado un día estupendo y a media tarde, él tenía una cita y yo me he vuelto a casa.
Ya no me acuerdo qué me sucedía esta mañana. Tampoco recuerdo que me molestaba tanto de mis hijos, de mi casa y de otras cosas más. He vuelto nueva y no he comprado ningún libro.
He visto libros que me apetece leer pero hoy no era el día de comprarlos, hoy era el día de escuchar a Alejo, a saber cuando volveré a tener una conversación de horas que me parecieron minutos.
He llegado a casa y he pasado a leeros porque mi mente tenía una necesidad imperiosa de visitaros pero no quería hablar, quería conservar en mi mente ese acento, esa cordura, esa mente prodigiosa, esa claridad y esa educación extrema que me ha parecido estupenda.